EL VALOR DEL COPION EN EL CINE DOCUMENTAL
Hace poco tiempo, en plena noche, mientras yo estaba montando un documental en una sala estrecha y oscura, un joven colega me pidió auxilio desde la otra sala donde él estaba empezando a dar forma a una película que él había filmado sobre “el gran norte” de su país, Québec, en Canadá. Mi amigo tenía algunas dificultades de síntesis. Había filmado durante 14 meses y había acumulado una montaña enorme de material.
Al observar los copiones, mi colega estaba consciente de la calidad de su trabajo. Pero no encontraba la manera de unir las imágenes alrededor de la historia que indicaba el guión que él mismo había escrito. Cuando él me explicaba con su propia voz los copiones por separado (que veíamos frente a la moviola en la oscuridad de la sala) a mi me parecían atractivos; eran como películas independientes. En realidad, delante de mi, en el silencio de la noche, empezaron a aparecer muchos documentales sobre Québec cuya duración era imposible de mantener a la hora de empezar a cortar y meterlos todos en una sola película, ni siquiera en una serie. Era un problema sin solución. No sólo había secuencias sin conexión entre sí, independientes, sino que además no se dejaban manipular.
Este problema, sin embargo, no se debía a la inexperiencia de mi colega (ni tampoco a sus ambiciones). Por el contrario, es algo que nos pasa a todos. Es un problema que se repite entre nosotros. El estaba sufriendo en carne propia una frustración colectiva.
En resumen: la fuerza, la elocuencia, la energía de un copión documental, muchas veces no se deja «tocar» libremente.
Hay incontables situaciones que contienen su propio ritmo, su propia dinámica, su propio tempo, que no toleran para nada las tijeras, y que desbordan el formato del trabajo original. Así ocurre --por desgracia-- que muchas veces lo mejor de nuestro trabajo desaparece en los grandes cestos de «descartes» y en el olvido para siempre.
¿Entonces, por qué no organizar exhibiciones de algunos copiones de películas sin terminar?... ¿Por qué no mostrar «la médula» de unas imágenes en estado bruto?... ¿Por qué no mostrar algunos trozos de obras inconclusas con la ayuda del mismo autor --quién mejor que él-- delante del público?... ¿No son para esto precisamente los festivales?
UN EJEMPLO
En el 6º Festival Internacional de Marseille («Vue sur le Docs»), de junio de 1995, el famoso documentalista Jean Rouch presentó algunas de sus primeras obras en el marco de una Retrospectiva. No se conformó con introducir cada filme desde el escenario sino que también pidió un micrófono en la mano y desde su misma butaca hacía observaciones cada cierto tiempo para explicar una determinada imagen. El resultado fue realmente atractivo: la voz de Rouch se convirtió en otro agente narrativo que podía alterar o modificar la proyección (y no porque Rouch fuera un cineasta consagrado, sino porque algunas imágenes documentales pueden interpretarse cada vez que se proyectan de una manera distinta, como ocurre con algunos géneros musicales).
Un pedazo de cine documental con la narración de su propio autor puede revelar métodos y tácticas de rodaje inadvertidos, y puede revelar otra faceta inesperada del lenguaje. En todo caso movilizará la reflexión y estoy seguro de que despertará la curiosidad del público de un festival.
©Patricio Guzmán, Madrid. 07.02.98.
Artículo escrito para la sección «Documentales Inacabados» del II Festival Internacional de Cine Documental de Santiago de Chile (6-14 mayo 1998).