EL OLVIDO COMO TEMA CENTRAL

Cuando yo tenía más o menos la edad de ocho o nueve años (en realidad no me acuerdo exactamente), los alumnos del colegio donde yo estudiaba nos reunimos en uno de los costados de la avenida Bernardo O´Higgins en Santiago de Chile. Era una mañana nublada y gris. Nuestros profesores nos acompañaban.
Estuvimos esperando mucho tiempo, hasta que vimos aparecer un automóvil descubierto que avanzaba por la calle a una velocidad casi normal. En el asiento de atrás venía una señora ya anciana que sonreía y saludaba con un pañuelo blanco. Era Gabriela Mistral .
Nosotros levantamos el brazo y la vimos pasar fugazmente, más o menos durante unos diez segundos. Mucho más tarde, nunca más, ninguna otra vez en mi vida, volví a ver otra «imagen en movimiento» de Gabriela Mistral. Incluso varias décadas más tarde, cuando yo ya sabía quién era ella, nunca pude ver otras imágenes filmadas de la escritora, ya sea en Santiago, en Nueva York o dónde fuera que ella viviese.
Una vez vi pasar a Pablo Neruda y a Matilde Urrutia por una calle de Concepción, una tarde soleada de 1968, a la cabeza de una pequeña manifestación política. Aunque después tuve la suerte de contemplar otras imágenes del poeta, estas siempre me parecieron demasiado breves.
Una sola vez en mi vida pude ver y escuchar al pianista Claudio Arrau durante un concierto en Madrid, en sus últimos años y ya enfermo, cuando entraba al escenario ayudado por otra persona. No podía caminar y este hecho fue lo que más me impresionó.
Estas minúsculas imágenes en movimiento son las únicas que yo puedo recordar de estas tres figuras de la cultura chilena. A partir de esta constatación comencé a pensar que era bajo todo punto de vista inadmisible que nosotros los cineastas sigamos inmóviles viendo pasar delante de nuestros ojos, no solamente a una, sino a varias generaciones de creadores importantes sin que tomemos una cámara para realizar una profunda colección de biografías documentales sobre ellos.
En realidad no hemos hecho casi nada sobre la increíble diáspora de creadores chilenos o latinoamericanos en el extranjero, ni tampoco sobre los que nunca han salido.
En el pasado, nunca hemos contemplado a Violeta Parra cantando en Europa o en su modesta carpa de La Reina, en Santiago, así como tampoco hemos visto al conjunto Inti-Illimani cantando ante cien mil personas en Roma. Tampoco hemos visto a Raúl Ruiz acompañado de los mejores actores de Europa recibiendo premios en Cannes, Berlín o Venecia.
Modestia aparte, cuando en mayo de 2004 me tocó subir lentamente la escalera roja del Festival de Cannes para presentar “Salvador Allende”, ya estaba prevenido y sabía que ningún cameraman chileno estaría allí. Tampoco estaba el Embajador, ni el Cónsul, ni siquiera el Agregado cultural de Chile.