
Conversaciones con Patricio Guzmán
Por Jorge Ruffinelli
De memorias y desmemorias
Conocí a las principales familias del pueblo,que eran cuatro o cinco, y les pedí que me ayudaran a dibujar un árbol genealógico de cada clan. El resultado fueron unas enormes hojas de un metro de largo que tenían nombres y flechas en todas direcciones.
-Estas hojas fueron lo mejor del proyecto. Sin embargo no aparecen en la película. Yo no supe incorporar este elemento (que hice antes de la filmación). A veces uno desconfía de estas pequeñas anécdotas que ocurren durante la investigación.
-En todo caso la película no quedó mal. Muestra a los viejos más destacados del pueblo, que en realidad son una metáfora viviente de la historia mexicana.
-Aprovechamos la luz local, que reformuló de un modo brillante el camarógrafo Eric Pittard y con la música de Béatrice Thiriet hicimos una obra de nostalgia, en cuyo final aparece la juventud de hoy. Recibí la ayuda inestimable del investigador Eduardo de La Vega, quien buscó el material de archivo de la primera época.
-El rodaje fue tranquilo. Conocer a esos ancianos, convivir varias semanas con estas familias antiguas, llenas de dignidad; tomar el té en aquellos salones húmedos, pasear con ellos por la plaza, es un tesoro de mi memoria personal.
En este instante, quizá, empezó a surgir en tu cabeza La Memoria Obstinada, que es la continuación chilena del ciclo de la memoria...
Si, esa película también estaba en marcha en aquel momento, pero no tengo la capacidad consciente para relacionar ambos filmes entre sí.
¿Cómo se origina La Memoria Obstinada?
En esos años yo tenía pensado regresar definitivamente a Chile y el productor Yves Jeanneau me sugirió que ese podía ser el nuevo tema para una película. Sin embargo me producía bastante pudor aparecer en el centro de una obra y por lo tanto le sugerí que era mejor aprovechar mi viaje para buscar a los personajes originales de La Batalla de Chile. Esto cuajó y asi empezó el proyecto.
-Escribí la primera sinopsis lleno de desconfianza porque no me convencía el “tono personal”. Gracias la ayuda de mi mujer, Renate, quién me ayudó en la redacción y me enseñó fórmulas para tomar distancia, logré escribir unas siete versiones de la sinopsis, a trancas y barrancas.
¿Fue difícil para ti colocar adentro de una película la recuperación de unos recuerdos tan personales?
-Ahora me parece fácil. Pero al principio del rodaje no sabía adónde meterme. Me sentía demasiado encima de Chile. La proximidad del país me inhibía.
-Lo que me ayudó mucho fue encontrar a los distintos personajes de la película. Sus propias vidas y expresiones me hicieron centrarme en la temática y olvidarme de mi mismo. Unos de los primeros que busqué fue a mi tío Ignacio.
-Ignacio no aparece en La Batalla, pero fue la persona que guardó en su casa las bobinas del negativo y salvó la película de los militares. Siempre que voy a Chile lo primero que hago es ir a verle. Tiene 83 años y es el único miembro de mi familia que vive. Su casa está en la parte antigua de la ciudad. Vive con su esposa y tiene tres gatos. Hice muchos paseos con él. Fuimos a tomar café y helados. Almorzábamos en el mercado. Me mostró la casa donde había nacido. Su ternura, sus consejos me ayudaron a encontrar el tono de la película.
-Unos días después conocí a don Rodolfo Müller, cuyo dolor y dignidad me impresionaron mucho. Nunca olvidaré sus pausas, sus silencios. Don Rodolfo es el padre de Jorge Müller, el camarógrafo de La Batalla de Chile, secuestrado y “desaparecido” por la policía de Pinochet en 1974.
-Mas tarde me entrevisté con los escoltas de Salvador Allende. Filmé en el palacio presidencial la secuencia con Juan Osses, el hombre que iba a casarse el día del golpe de estado. Creo que es uno de los hombres más honestos que he conocido y debí de haberle sacado más partido. Ahora quiero hacer un filme entero sobre él y sobre Manuel Cortés, que era el chofer de Allende. La vida de Manuel es como una película de aventuras. Es un hombre excepcional.
Esos héroes anónimos crean un clima de confianza, de credibilidad, sin embargo no aparecen los jefes políticos de la época...
También entrevisté a algunas personalidades de ayer y de hoy, de mucho peso, tales como Fernando Castillo, Volodia Teiteilboin, Isabel Allende, Luis Corvalán, el teólogo José Aldunate, etc. Sin embargo sus opiniones, que eran muy valiosas, no encajaban con las otras. Lamento mucho haberles dejado afuera. Sin embargo ellos contribuyeron a aclarar de modo esencial mis propias ideas en ese momento. Más tarde encontré a Ernesto Malbrán, un viejo compañero de la universidad...
Ernesto Malbrán también aparece en La batalla de Chile. ¿No lo habías visto desde ese tiempo?
No, durante 23 años no nos habíamos visto. Creo que su energía movilizó a todo el equipo. El posee mucho carisma, que es un poco fuerte para algunos espectadores. No deja indiferente a nadie: o lo aceptas o lo rechazas.
Hay una afirmación, o un exceso de afirmación y optimismo en él. En cambio el resto de los personajes, las adolescentes, los jóvenes del final, están llenos de sorpresa, dolor, incertidumbre más la confusión del presente… Ernesto es la reafirmación del pasado.
Sí, sabe exponer de un modo claro el pasado y analizarlo. No creo que viva de el, sino que posee recuerdos más nítidos que los otros, y él sabe exponerlos muy bien.
Lo que me preocupa es la conclusión final: esto ha sido una “tembladera” de piso, como que todavía estamos en lo mismo, en el “Venceremos”…
Tal vez a mí se me fue la mano y debí haber quitado esa parte.
No me refiero a quitar, sino a las razones de concluir con esa frase hasta cierto punto tranquilizadora.
Es una forma de terminar la obra con energía, arriba, con emoción, sin melancolía.
¿Ha opinado el público sobre este aspecto?
No sobre esa frase en concreto. Sí sobre el final, que algunos califican como demasiado emotivo y llorón. Pienso que es un prejuicio. Cuando la emoción aparece, hay que tomar muchas precauciones en el montaje, como efectivamente lo hicimos, pero tampoco hay que suprimirla. extirparla. Esto sería aberrante. He notado que en Europa hay ciertos problemas con la emoción, no asi en España o Italia.
En ese caso, se trata de reacción de intelectuales, de críticos, pero ¿qué sucede con el público chileno?
-La recepción es buena, como en todas partes. Yo creo que el lugar no cambia la reacción. Pero me gustaría hablarte más de las emociones que hubo en el rodaje. Hubo tantos momentos fuertes que el camarógrafo y yo teníamos que parar, a veces, para secarnos las lágrimas.
-Antes del rodaje de la película, dicté un seminario sobre documental en una escuela de cine de Santiago. Una noche proyecté La Batalla de Chile y cuando terminó nadie encendió la luz, ni nadie aplaudió. Yo creí que me había equivocado de obra y pensé: “estos jóvenes deben ser unos hijitos de papá que detestan el período de Allende”, y me dirigí al fondo de la sala para encender la luz, mientras pensaba alguna fórmula para continuar la clase.
-Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí los rostros de los jóvenes, que lloraban sin excepción. Se produjo una conmoción que duró unos cinco minutos. Nadie podía articular una palabra. En ese momento comprendí que el dispositivo principal del filme tenían que ser las proyecciones de La Batalla. Y ahora me pregunto ¿por qué debería moderar aquella emoción si era completamente real?