5) EL OLVIDO COMO TEMA CENTRAL

EL OLVIDO COMO TEMA CENTRAL


Cuando yo tenía más o menos la edad de ocho o nueve años (en realidad no me acuerdo exactamente), los alumnos del colegio donde yo estudiaba nos reunimos en uno de los costados de la avenida Bernardo O´Higgins en Santiago de Chile. Era una mañana nublada y gris. Nuestros profesores nos acompañaban.

Estuvimos esperando mucho tiempo, hasta que vimos aparecer un automóvil descubierto que avanzaba por la calle a una velocidad casi normal. En el asiento de atrás venía una señora ya anciana que sonreía y saludaba con un pañuelo blanco. Era Gabriela Mistral, la escritora chilena que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1945.

Nosotros levantamos el brazo y la vimos pasar fugazmente, más o menos durante unos diez segundos. Mucho más tarde, nunca más, ninguna otra vez en mi vida, volví a ver otra «imagen viva» de Gabriela Mistral. Incluso varias décadas más tarde, cuando yo ya sabía quién era ella, nunca pude ver imágenes filmadas de la escritora, ya sea en Santiago, en Nueva York o dónde fuera que ella viviese. 

Una vez vi pasar a Pablo Neruda por una calle de Concepción, una tarde gris de 1968, a la cabeza de una pequeña manifestación política. Aunque después tuve la suerte de contemplar otras  imágenes del poeta, estas imágenes siempre me parecieron demasiado fugaces.

Una sola vez en mi vida pude ver y escuchar al pianista Claudio Arrau durante un concierto en Madrid, en sus últimos años, cuando ya estaba enfermo. Subió al escenario ayudado por otra persona. No podía caminar y este hecho me impresionó más que el concierto. Estas minúsculas imágenes en movimiento son las únicas que yo puedo recordar de estas tres figuras de la cultura chilena. A partir de esta constatación comencé a pensar que era bajo todo punto de vista inadmisible que nosotros los cineastas sigamos quietos viendo pasar delante de nuestros ojos, no solamente una, sino varias generaciones de creadores importantes sin que tomemos una cámara para realizar una colección de biografías sobre ellos. 

No hemos hecho prácticamente nada sobre la diáspora de artistas chilenos en el extranjero, ni tampoco sobre los creadores chilenos que nunca han salido. En el pasado hemos contemplado muy poco  --en realidad casi nada-- a Violeta Parra actuando en Europa o en su modesta carpa de Santiago, así como tampoco hemos visto con detalle al conjunto Inti-Illimani cantando ante millones de personas en Italia. Tampoco hemos visto a Raúl Ruiz acompañado de los mejores actores del mundo recibiendo honores en Cannes o en Venecia. Nunca hemos visto íntegros, completos, los recitales internacionales de Ángel Parra o del conjunto Quilapayún ni tampoco los espectáculos del Théâtre Aleph de París, donde Oscar Castro estrena dos obras cada temporada… ¡desde hace 36 años!... Siempre ha existido un potente movimiento cultural chileno, con buena crítica y público, repartido en casi todo el mundo, después del golpe de estado de Augusto Pinochet. Muchos funcionarios de la cultura –sobre todo en el interior de Chile--  vivieron escondidos en la oscuridad y no se dieron cuenta que la caída de Allende  provocó una ola de solidaridad interminable, que no tiene fin. El país salió del anonimato y los creadores mantuvieron la llama encendida.  

Modestia aparte, cuando en mayo de 2004 me tocó subir la famosa escalera con la  alfombra roja del Festival de Cannes para presentar “Salvador Allende”, ya estaba prevenido y sabía que ningún cameraman chileno estaría allí. Tampoco estaba el Embajador de Chile, ni el Consejero, ni el Cónsul, ni el Agregado Cultural. No había ninguna autoridad chilena ni tampoco ningun medio de comunicación de Santiago. Según me dijeron un par de periodistas que encontré más tarde –y que pertenecían a una televisión privada chilena--, ellos prefirieron acudir al estreno de un filme chino. Seis años más tarde, en el mismo festival, en la misma escalera, sufrí la misma experiencia con “Nostalgia de la Luz”.


PG.
París 2012.