ALBUM DE FAMILIA

ALBUM DE FAMILIA



Tengo dos hijas.
Las dos son estudiantes de cine.
Las dos viven en islas rodeadas de océano y de sueños inacabados.


Andrea está terminando la Escuela de Cine de Cuba. Tiene 24 años.
Antes que entrara a esa escuela, fue necesario que concluyera el pre-universitario y recorrió aproximadamente unos dos mil kilómetros en bicicleta durante 24 meses.
Hacía un promedio de 30 kilómetros diarios.
Salía de madrugada y recorría --pedaleando-- una ciudad en sombras donde no había nada.
No había electricidad, no había gasolina, no había medicamentos, no había pan...  y escaseaba el agua.
Pero llegaba a la universidad, donde se encontraba con otros ciclistas
que tenían un hambre feroz.


Y asi estuvo haciendo el curso, hasta que la diplomaron y entonces pudo entrar en la Escuela de Cine, para contar con imágenes los años jóvenes de su vida.
Había nacido en Santiago de Chile, una ciudad donde tampoco había nada : no había gasolina, arroz, pan, aceite, carne y escaseaba el kerosene para calentarse.


Era la época de Allende.
Y los chilenos que tenían más recursos económicos compraban y escondían la mayoría de los alimentos, para que éstos escasearan y se desplomara el sueño socialista de Allende.
Un sueño que para muchos otros ya era una pesadilla.
Dos semanas después del golpe de estado, Andrea fue a visitarme al Estadio Nacional --en brazos de su madre--, adonde yo estaba preso.
No las dejaron entrar.
Ella no se acuerda de eso. Pero sí recuerda el avión que la llevó a La Habana, pocos meses más tarde.


La otra de mis hijas, Camila –que ahora tiene 22 años--, recibió ese nombre en honor de Camilo Torres, un cura colombiano que murió peleando en favor de los pobres, en 1966, cuando aún no existía la Teología de la Liberación.


Camila llegó a La Habana cuando tenía un año y medio de edad. Por lo tanto --hoy día-- es una mujer caribeña de pies a cabeza.
Cuando baila salsa, nadie nota que tiene la nacionalidad chilena.
Sin embargo, un día me confesó que los muchachos cubanos siempre se dan cuenta --con los suaves compases del danzón -- de que no es cubana.


La infancia de Camila y Andrea transcurrió en hoteles de lujo en La Habana.
Eran hoteles de cinco estrellas --el « Riviera « y el « Habana »-- que estaban casi nuevos. Habían sido construídos por los norteamericanos poco antes de que estallara la Revolución.
Durante esta época, las fotografías de familia parecen fotos de vacaciones lujosas, ya que el fastuoso decorado de los hoteles aparece en todas partes. No hay ninguna foto donde no aparezcan los espejos, los pasillos interminables, los salones suntuosos.


A veces los hoteles permanecían vacíos.
Sólo estábamos nosotros y las camareras, mensajeros, ascensoristas, amas de llave, el maitre  y el chef  de la cocina.
Algunas tardes, sobre todo en los inviernos tropicales, un pianista de Camagüey  tocaba únicamente para nosotros las principales obras de Lecuona y Granados, mientras cenábamos en la mesa principal.
No puedo olvidar eso.


En aquellos años, yo no vivía verdaderamente en Cuba.
En realidad, creo que no estaba en ninguna parte real.
Me pasaba todo el día --incluso los domingos--, observando las imágenes de “La Batalla de Chile”.  
Pedro Chaskel (el montador) y yo, comíamos y a veces tomábamos el desayuno frente a la mesa de montaje.
Y asi estuvimos encerrados y ensimismados, semanas y meses sin salir de aquel cuarto oscuro con un calor asfixiante observando una y otra vez los últimos 300 días de Allende, sin saber por dónde comenzar, sin atrevernos a cortar ninguna toma, ya que todo lo que veíamos nos parecía histórico...  y asi estuvimos cerca de seis meses.
Creo que nos quedamos atrapados en ese “momento” del golpe de estado.
Y los años dejaron de pasar para nosotros y el tiempo comenzó a
desarrollarse de otro modo.


Mientras esto nos ocurría a nosotros, Andrea y Camila continuaron creciendo.
Hicieron la escuela primaria y secundaria.
Pasaron muchas temporadas --en los campos cercanos a La Habana-- trabajando en la recolección del café, tabaco y hortalizas. Fueron espectadoras de primera fila de incontables conciertos de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, asi como de la orquesta Irakere.
Hicieron casi todos los “trabajos voluntarios” de la Universidad.
Desfilaron con displina los primeros de mayo. Celebraron docenas de cumpleaños. Tuvieron los primeros y segundos novios. Su casa --que era pequeña--  era un enorme club de amigos donde hacían películas de aficionados y tocaban la guitarra.
Andrea y Camila --junto con su madre, Paloma-- fueron felices ese
tiempo.
También fueron años triunfales para Cuba:  Fidel Castro fue elegido
presidente de la VI Cumbre de Países No Alineados. El país entero seguía siendo un ejemplo para la mitad de América Latina, que vivía bajo las terribles dictaduras del cono sur.


Muchas veces me pregunto cuál es el tiempo real de América Latina,
porque las cosas avanzan a tirones.
Nuestras ciudades --polvorientas y decrépitas-- tienen un ritmo colonial, desfalleciente, donde los golpes de estado, las revueltas populares, los terremotos y huracanes nos llevan del infierno al paraíso y de éste al purgatorio, sin tregua, sin descanso.


Nuestros países sucumben pero siempre se recuperan...  
Renacen con nuevas esperanzas, que aparecen no se sabe de dónde, impulsando nuevos partidos políticos, alimentando inesperados  movimientos sociales, desde la Teología de la Liberación hasta la guerrilla de Chiapas, llenando plazas y templos  --entre una dictadura y otra--, con muchedumbres que gritan y rezan en voz alta, que buscan nuevos caudillos o desenpolvan los antiguos.


A lo largo de estos años, el problema de la religión en América Latina me interesó cada vez más.
En 1989 comencé a filmar una película sobre la llegada de los misioneros católicos al continente --en el siglo XVI--, asi como sobre la presencia –que nunca termina-- de los dioses  precolombinos.
Camila fue mi ayudante de dirección.
Juntos viajamos a lo largo y ancho del Brasil, Guatemala, México, Perú y Ecuador --durante seis meses--, filmando a los indios y a los campesinos en sus lugares sagrados, en las pirámides, en las ruinas y en sus templos milenarios.
En Cuba, a Camila le habían hablado de fe y eperanza... pero nunca de
religión...Y la religión de los mayas, catchikeles, aztecas, quechuas y
aymaras, la golpeó. No comprendía, no le cabía en la cabeza cómo toda esa gente combatía la pobreza únicamente rezando y adorando a sus antepasados.
Camila no entendió nada al principio. Pero --por primera vez en su vida-- conoció el mundo “exterior” a Cuba.

            

Un año más tarde regresamos a Madrid para hacer el montaje.
Camila y yo estuvimos unos 12 meses encerrados en el cuarto oscuro, trabajando en la estructura y sonido de la película  (cuyo título era “La Cruz del Sur”).
En estos días --inexorablemente-- comenzó a desmoronarse la Unión Soviética y comenzó la crisis en Cuba.
Desde La Habana, Andrea se convirtió en una espectadora del hundimiento de “su” propio país.
Camila comenzó a escribir cientos de cartas dirigidas a sus antiguos amigas, compañeros de estudios y novios... Cartas llenas de preguntas y de incredulidad...   
A su vez, Andrea nos enviaba las respuestas del mundo convulsionado y alucinante donde ella vivía.


Algunas de sus mejores amigas revolucionarias marxistas-leninistas se habían convertido a la fe católica. Otras practicaban la religión  afrocubana, que antes estaba prohibida en Cuba.
Otras habían viajado a Estados Unidos y los destinos de una generación se habían dispersado. Andrea parecía asombrada.


Mientras tanto –a  pesar de todo, adentro de Cuba--, Andrea estaba empezando a filmar sus primeras películas en la Escuela de Cine.
Su primera película  (”Río”)...  era una metáfora.
Es un documental de 7 minutos sobre  la muerte de un pequeño río que pasaba cerca de la Escuela.
La narración está a cargo de un campesino, que habla durante todo el film del  hermoso pasado del río, antes lleno de peces y hoy día convertido en un estero de aguas estancadas.
Como directora de fotografía hizo un cortometraje humorístico que habla de las mafias que se roban los alimentos en la propia escuela.
Como operadora de cámara filmó una encuesta durante las últimas elecciones cubanas --en una aldea--, registrando el ambiente de desorientación y caos económico.
Veamos algunos fragmentos de los films. Y hablemos con Andrea y los otros alumnos.
Veamos los diversos trabajos de la Escuela. Hablemos con sus profesores. Entrevistemos al Director.


Mientras esto pasaba en Cuba, volvamos nuevamente a España donde terminamos el montaje de “La Cruz del Sur”.
Después Camila y yo nos fuimos a Inglaterra para hacer la mezcla de sonido.
Terminado el trabajo Camila quiso quedarse en Londres --en casa de unos amigos--,  y probar suerte para ingresar en otra Escuela de Cine.
No quería volver a España.


Al poco tiempo consiguió matricularse en una Escuela londinense, donde imparte clases un cineasta que --hace muchos años-- filmó un documental sobre mis propias películas. Se llama Michael Channan y nos conocimos en Cuba mientras yo filmaba “La Rosa de Los Vientos”, hace diez años, en 1983.
Entonces nos volvimos a encontrar :  Michael, Camila y yo hablamos mucho aquella Cuba legendaria que habíamos conocido y admirado en esos años.
Sentados en un café de Londres, en ese momento, nosotros también parecíamos unos náufragos.
¿Eramos personas ”actuales” o pertenecíamos ya a un pasado histórico, a pesar de los 22 años de Camila?
¿A qué realidad, a qué país, pertenecíamos verdaderamente?


Camila ya ha cumplido  más de un año viviendo en Londres.
Piensa que su escuela de cine “es muy teórica”, aunque tiene “cosas positivas”.
Andrea sigue filmando en Cuba y ha hecho siete cortos estupendos y un largometraje como ditectora de fotografía.
Camila hizo un cortometraje colectivo de tema sicológico (“Scape”) lleno de problemas ingleses, que ella no entiende.
Después hizo un documental mucho más personal sobre la música caribeña en Londres (“Caramba”).
Tiene un novio inglés, Steve, con el que vive.
Está preparando las maletas para ir a La Habana y filmar un corto : la graduación de su hermana en la Escuela Cubana.

                                                                                                 CONTINUARA ...

 
                      PG. Copyright Nº 3952-92. Madrid.