11) LA MUSICA DE CAMARA

LA MUSICA DE CAMARA


Un alto funcionario de la televisión me dijo en una oportunidad: “por favor cambie un poco la secuencia inicial de su valioso documental porque es un poco larga. Ahora bien, si usted acelera el ritmo de toda la obra, tanto mejor. No cambie nada más, no es necesario. Yo creo que su programa puede tener una gran audiencia, tal vez medio millón de personas, incluso más”.

Lo primero que me molestó de esta conversación es que él llamara “programa” a mi obra documental. Yo creo que existe una confusión con respecto a la palabra programa. La gente que trabaja en las televisiones designa con este término a todos los documentales que pasan por sus manos. Por el contrario, yo pienso que  “programa” no es la palabra adecuada para referirse a   una pieza cinematográfica. Programa es más bien una palabra para designar un espacio que contiene noticias, concursos, vida social, fútbol, política o variedades. La palabra también cambia de significado cuando uno va a la sala de conciertos o al teatro. Aquí, el “programa” se refiere a los intérpretes, a los ejecutantes o bien a los autores de las obras sin que cambie de nombre la sinfonía o pieza de teatro que vamos a presenciar. Nadie dice: “¡ayer escuché el programa número nueve de Beethoven, qué gran sinfonía!”

Lo segundo que me molestó es que el funcionario me dijera sin ninguna buena educación que cambiara la velocidad del comienzo de la obra, como si él poseyera un conocimiento exacto de la velocidad correcta que tienen que tener las imágenes del cine y todas las artes que se desenvuelven en el tiempo. Es una afirmación sin fundamento y de mala educación. ¿Quién de nosotros se atrevería decirle a un pintor: “por favor cambie el color del cielo y saque todos los personajes que hay en el fondo?”

Lo tercero que me molestó –y esto es lo que más importante-- es que me adelantara la cantidad de público que podría ver mi documental. En realidad yo nunca he tenido la necesidad que tanto público. No tengo ningún anhelo de popularidad. Yo pienso que una buena película documental puede tener una cifra importante de espectadores, pero que no tiene por qué ser la misma que obtienen los grandes programas de televisión. Tampoco puede igualarse al público que tienen las películas de ficción. ¿Cómo superar el ritmo de algunas películas de guerra, horror, misterio, crímenes? ¿Cómo competir con el carisma de Brad Pitt, Tom Cruise, Angelina Jolie, Julia Roberts, si nuestros documentales tienen como protagonistas a gente común y corriente? Incluso en el caso de contar con personajes famosos --un célebre escritor o un pianista genial--, nunca de estas personas podrían tener el magnetismo de una estrella de Hollywood.

El cine documental es como la música de cámara del cine. Un recital para piano no se alcanza a oír en un estadio. Un cuarteto para cuerdas no se percibe en un gran gimnasio. El documental necesita un marco adecuado y una programación inteligente. Casi nunca un buen documental puede soportar los cortes publicitarios. Las películas de ficción, en cambio, aguantan mucho más. Son productos que resisten mejor la violencia. Por el contrario, los documentales están hechos con materiales finos, más sutiles, incluso muchos documentales son formas de poesía.

El documental no atrae a la misma gente que ama los programas de variedades. Reúne más bien a un público selecto, menos numeroso, aunque más influyente. Es una cuestión de lógica. Los temas documentales hablan de otra cosa: la vida de un carpintero, la vida de un bosque, la historia de una aldea; o bien tocan sujetos polémicos que pierden su atractivo popular cuando se profundizan: la crisis económica, la revuelta árabe, la contaminación polar.

El documental es un espacio de reflexión, de análisis y de poesía. Todas las actividades humanas caben en el documental. Desde luego, hay muchos documentales que rompen la norma y se transforman en grandes éxitos (como “Ser y tener” , de Nicolás Philibert, una obra maestra) o películas impresionistas en la línea de Michael Moore o filmes de presupuesto alto (“Nómades del viento”, “Océanos”[1]). El éxito documental no se puede adivinar con una fórmula de marketing, como lo hace la ficción. El éxito documental depende de la realidad y la realidad es incontrolable. El suceso de “Ser y tener” y de la mayoría de los documentales de gran fama no es un éxito planificado porque la realidad --como el futuro--, no pueden adivinarse.   


PG.
París 2012.



[1] “Nómades del viento” y “Océanos”, de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud