14) CARTA A UN AMIGO

CONFESIONES A UN GRAN AMIGO


Querido amigo:

Lamento mucho no haber conversado contigo largamente durante mi breve pasada por Santiago. Pero no te vi en las salas del festival y muchos me dijeron que estabas fuera de Chile. Tal vez me llamaste y yo no me di cuenta (mi número de teléfono cambió).

Hace poco me acordé mucho de ti al revisar un catálogo de Marsella donde aparece tu película “El Tren del Desierto” (1990), que se estrenó en Francia con éxito en ese certamen. Recordé también aquellos buenos tiempos de Marsella cuando muchos más latinoamericanos llegábamos ilusionados a esta ciudad.

Recordé el trabajo titánico de sus directores Brigitte Rubio y su marido Olivier Masson para sacar adelante este maravilloso certamen plural y su mercado, casi sin ayudas importantes, en los inicios, y por si fuera poco con las opiniones de París en contra. Los dos murieron trágicamente y el certamen nunca ha vuelto a levantar cabeza, al menos hasta hoy.

Los buenos tiempos de Marsella me marcaron para siempre porque yo vivía en Madrid (adonde no llegaba nada) y visitar Marsella para mi era como visitar Nueva York. Fue en Marsella donde tomé contacto con el mundo documental moderno. Y cuando yo empecé a colaborar con Marsella me di cuenta de la necesidad de crear un certamen parecido en Santiago.

Después estas primeras colaboraciones (por correo), mi mujer Renate Sachse y yo nos fuimos a visitar a otras personalidades del cine documental francés, por ejemplo Marie Bonell y Anne Catherine Louvet. Ellas eran las personas del Ministerio de Relaciones Exteriores encargadas para la promoción del cine documental en el mundo. Nos recibieron con las brazos abiertos. Desde ese momento sentimos que esa institución iba a apoyarnos.  

Yo tenia el fuerte deseo hacer un festival en Chile para abrir la puerta a los cineastas chilenos. Cuando yo era muy joven, casi un adolescente, pude ver en Santiago algunos buenos documentales franceses y europeos en general (una cultura audiovisual que años más tarde la dictadura de Pinochet destruyó por completo). Y Marsella me recordaba esa primera época de mi adolescencia y por eso se convirtió en mi modelo a imitar. Me transformé en el fundador del festival chileno a partir del entusiasmo que Marsella me provocaba. Siempre me importó imitar la línea editorial de este certamen (sobre todo en su primera época), que no era otra cosa que fomentar la “distribución documental”.  

Y así, en efecto, a partir de 1997 y con la ayuda afortunada de un grupo de amigas muy queridas: Flor Rubina, Paola Castillo, Viviana Erpel, Jennifer Walton, Claudia Posada, y algunos otros como Juan Faúndez, Francisco Lluch, Rafael Molina, Samanta Artal, Susana Foxley, además de algunos realizadores prestigiosos como Nacho Agüero, Pedro Chaskel y Carlos Flores, entre otros, levantamos nuestro festival documental en la sala del Goethe Institutet.

Casi nadie conocía a algunos autores que invitamos y mucho menos las obras que llegaron (de Phillibert, Kossakovski, Cavalier, Keuken, Rulfo, Meiselas, Colomer, etc.)… El proyeccionista Juan Faúndez no entendía porqué nosotros queríamos que se proyectaran los créditos íntegros de cada obra con las luces apagadas. No había ninguna tradición (ni inercia) de respetar una obra documental. En la sala había poca gente. El Goethe cerraba la cafetería a esa hora. Era un poco triste. Pero la euforia nos quitaba la melancolía. Nunca antes, en 33 años, habíamos tenido un festival documental  propio.         

Renate y yo recolectábamos las copias en bicicleta y en el Metro de París, porque no había dinero para los motoristas (que ahora hacen este trabajo). En aquella época casi todo el material venía en Betacam SP o VHS, que yo mismo traía en mi maleta de ida y vuelta, a veces sin poder evitar el sobrepeso. Además, recuerdo que yo también  tenía que hacer la publicidad del festival, recorría más de una docena de radios de Santiago para hablar del certamen.

También hubo un año nefasto: cuando Alejandra Fritis nos robó la mitad del presupuesto. No estoy exagerando nada, para nosotros era mucho dinero. Esta muchacha irresponsable gastó por su cuenta una parte de los fondos del certamen. Y en 1999 tuvimos que hacer el certamen sin sueldos, sin pagar las películas, sin tener sobrepeso, y con la autorización de la directora del Departamento Audiovisual del Estado, Nivia Palma, que comprendió la situación.  Después las cosas mejoraron, pero muy despacio. Casi siempre había 30 personas en la sala y teníamos una escasa resonancia en los medios. La situación evolucionó un poco cuando la Embajada de Francia decidió apoyarnos y una nueva colaboradora de Santiago, Verónica Rosselot, excepcional, creó la Corporación Culdoc (“era una forma de nacer legalmente”).

Mirando las cosas desde este contexto --estoy contándote la parte más vistosa-- me entristeció una extensa frase que escribiste para el catálogo de este año. Te cito parcialmente: …“pensamos que la larga historia construída en torno a este festival de documentales no le pertenece a nadie en particular. Más bien, es fruto de una perseverante labor que, desde la curatoría, la organización y el hacer películas, trae bocanadas de aire provenientes de la realidad y que ve su resultado más querido en pequeñas historias del cine vinculadas al mundo en que vivimos”.

Esto es falso. Nuestra historia no es anónima. Nosotros no somos abstractos.

Comprendo el “optimismo” que contiene la frase. Pero no puedo pasar por alto tantas omisiones, ya que la historia del Festival Documental es la historia de un grupo de personas concretas, con nombres y apellidos, como ocurrre con todas las iniciativas humanas. Querido amigo, sigo creyendo en tu generosidad. Siempre he reconocido tu talento y dediqué a tus películas algunas de mis mejores reseñas y lo seguiré haciendo en el futuro.


PG.
París, 23 de julio de 2013.