6) CUANDO ME CONVERTI EN EXHIBIDOR

CUANDO ME CONVERTI EN EXHIBIDOR


En Santiago de Chile, cuando yo tenía más o menos 24 años, trabajé en un departamento universitario donde hice mis primeras películas y asistí por primera vez a una clase de cine. Se llamaba Instituto Fílmico y pertenecía a la Universidad Católica. Era un pequeño grupo de personas bajo el mando de Rafael Sánchez, uno de los pioneros del documental de América Latina. Reinaba el entusiasmo y entre todos producíamos películas en 16 milímetros. En este modesto espacio Rafael nos hacía clases todos los días. Pero también cada uno de nosotros podía dar una conferencia a los otros, eligiendo un tema determinado. A mediados de la década del sesenta –entre 1965 y 1966-- hicimos numerosos documentales, la mayoría por encargo y otros más personales que podríamos llamar hoy documentales de autor. Entre estos había un par de obras muy interesantes de Rafael Sánchez, además de algunos cortos míos y de otros.

Sin embargo nadie nos conocía. Había muy pocas personas que sabían que el Instituto existía. En ese tiempo yo trabajaba en publicidad y pensé que lo mejor era involucrar a mi agencia para que nos echara una mano. Le propuse a Rafael Sánchez que exhibiéramos nuestros films a las agencias de publicidad que había en Santiago y otras empresas que solían pedir documentales industriales. Nos preparamos durante semanas. Yo me encargué de tomar contacto con las personas del ámbito empresarial, mientras otros transformaron el plató en una sala de cine con capacidad para 80 personas. La función fue un éxito a juzgar por los aplausos y los comentarios que escuchamos después del evento. Exhibimos esas dos obras de Rafael: “Chile Paralelo 56” y “Faro Evangelistas”… Sin embargo, poco tiempo después, nadie nos llamó, nadie nos escribió, nadie nos encargó ninguna película. Nuestra función fue completamente improductiva.  

En aquella época yo sentía admiración por el trabajo de la compañía ICTUS, un grupo teatral de vanguardia. Sentía admiración y una especial amistad con el actor Nissim Sharim y su director Claudio Di Girolamo[1]. Esta compañía tenia su sede en la calle Merced, en el teatro “La Comedia”. Por casualidad, esta sala estaba muy cerca de mi casa[2] y del Instituto Fílmico. Un día me atreví a plantearles un asunto inesperado para ellos. “Ustedes no trabajan ningún días lunes” –les dije--, “la sala queda desocupada ese día”. Y les pregunté sin mayor preámbulo-: “¿No nos podrían prestar la sala para exhibir nuestros cortos ese día por la tarde?”… Se produjo un momento de sorpresa hablaron, se miraron, discutieron un poco y después de media hora, más o menos, aceptaron.  

Rafael Sánchez también acogió la idea con cierto entusiasmo. Entre todos nos pusimos a fabricar un telón plegable que podía doblarse en dos mitades para guardarlo al  fondo del escenario de “La Comedia”. Luego diseñamos una cabina de proyección desarmable que cabía debajo de la escalera del foyer[3]. Imprimimos un atractivo press book y pusimos dos o tres anuncios en El Mercurio. Lo más difícil para mi fue conseguir los boletos de entrada (los tickets que uno compra en la boletería).

Tuve que hacer muchos viajes a “Impuestos Internos”. Los funcionarios de ese ministerio me miraban como si yo fuera un extraterrestre. Me recibieron con desconfianza y no creían en la eficacia del proyecto. Además decían que era “ilegal” proyectar cine en una sala de teatro. Después de muchas reuniones en los fríos pasillos de ese lugar, me entregaron por fin los paquetes con los boletos, perfectamente “legales”, timbrados, perforados, como eran las entradas normales de todos los cines normales.

Las funciones fueron un éxito completo. La sala siempre estuvo llena de aficionados al documental. Nuestro programa incluyó muchas obras atractivas de la época: primero fueron las dos películas de Rafael Sánchez ya citadas. Después: “La feria volandera”, de Armando Parot; “Imágenes para percusión”, de René Kocher; “Por la tierra ajena”, de Miguel Littin; “Érase una vez”, de Pedro Chaskel y Vittorio Di Girólamo; “Electroshow” y “Viva la libertad”, mis primeros cortos, etc. Demostramos en esta pequeña sala para 100 personas, que la mirada documental también moviliza a una parte del público.

Para evitar la monotonía en la programación elegí varias cortos de los astronautas de la NASA, que me prestó la Embajada de Estados Unidos, y que también agradaron al público. Mucho más tarde, cuando decidí abandonar Chile para estudiar cine en Madrid, el proyecto declinó y murió por falta de mano de obra. Éramos pocos y el Instituto no tenía reemplazantes para empujar esta iniciativa, que demandaba no poca energía.

En esta profesión tan complicada, como es el oficio de hacer películas documentales --y sobre todo cuando uno es joven--, se tiene la enorme tentación de hacerlo todo por cuenta propia. Es decir, abarcar el conjunto del proceso cinematográfico uno mismo; no dejar en manos de nadie ningún aspecto de la vida de una película. Ser independiente. Concebir una idea, escribirla, filmarla, sonorizarla, montarla e incluso cortar el negativo (cuando yo estaba en el Instituto Fílmico corté el negativo de mis cortos).

A lo largo de mi vida, muchas veces he soñado con desempeñarme al mismo tiempo como autor, realizador, productor, distribuidor y exhibidor. La razón de esta ambición desmesurada es que muy pocos de nosotros --los documentalistas--, tenemos la suerte de encontrar gente que nos ayude, en particular en América Latina. Y muy puntualmente en el campo de la difusión. Es un trabajo titánico empujar a un distribuidor cinematográfico o de televisión para que tome una película documental en sus manos. Tiene que tratarse de una película excepcional, fuera de serie, y uno no hace todo el tiempo películas fuera de serie. En cambio, en el dominio de la ficción, hay cientos de películas comunes y corrientes, películas normales y hasta malas, que en cambio encuentran distribuidor.

Nunca llega hasta nosotros una buena parte de la producción documental que se hace en el mundo. No existe una compañía distribuidora documental, potente y universal, que traiga documentales. Lo más probable, a estas alturas, es que Internet se haga cargo de esta difusión –ya lo está haciendo--. Es un trabajo de distribución apasionante que casi nadie ha querido asumir desde la aparición del documental ¡desde hace 100 años!

Es probable que dentro del siglo que viene, los hombres de ciencia inventen un dispositivo para trasladar directamente las imágenes que surgen en nuestro cerebro a una pantalla de cine. Después, incluso, el público podrá entrar adentro de las películas y disfrutar de una vida imaginaria.  

Volviendo a la realidad, es interesante observar que la distribución del cine de ficción no se parece a la del cine documental. Es cierto que los recursos más caros los emplea la ficción. Sin embargo, desde el punto de vista de la técnica, ocurre todo lo contrario. Los inventos “modernos” del cine favorecen más al documental que a la ficción.  Las cámaras son más livianas, más pequeñas, más perfectas. Incluso hay algunas cámaras en miniatura que graban en alta definición. El sonido que ofrecen estas cámaras es mejor. O bien los micrófonos son más pequeños, inmejorables. Existen grúas (brazos hidráulicos) que pueden subir decenas de metros con una diminuta cámara digital. Hay “travellings” livianos, desarmables, con vías rectas y curvas, metálicas o de plástico. Hay cientos de modelos de reflectores para las luces con batería autónoma. La película es una cápsula magnética. Ya no existen los laboratorios. Se puede montar en casa. Solamente nos falta el teatro “La Comedia”.


@PG.
Santiago, 2016



[1] En Madrid tuve una larga amistad con Jorge Díaz, el principal dramaturgo de esa compañía.

[2] La sala todavía existe y la compañía sigue trabajando en 2013.

[3] El constructor de la pantalla fue Jorge Baldú. Las dos proyeccionistas eran las dos mezcladoras de sonido que tenía el Instituto, Graciela Bresciani y María Eugenia González Peña, que cargaban la pesada proyectora « Siemens » ida y vuelta Yo permanecía en una cabina lateral del teatro para encender y apagar las luces y poner la música en el intermedio. Nunca hicimos debates con el público ni nos presentamos para agradecer los aplausos ; en aquella época no se hacía. La persona que vendía las entradas era Gloria Münchmayer, una actriz que empezaba y que 25 años después ganó el Grand Prix de interpretación en el Festival de Venecia (la Copa Volpi, 1990).